La recesión que más debería preocupar a una Pyme.

Cada vez que la economía se desacelera aparecen las mismas conversaciones en torno a la recesión. Seguramente son las que tenés en tu empresa, las mismas que yo tengo con mis socios, con mi equipo y con los clientes de la consultora.

Imagen editorial industrial de Catálogo Industrial Digital sobre La recesión que más debería preocupar a una Pyme.

Bajan las ventas, se frenan las inversiones, aumentan los costos y se postergan todas las decisiones hasta que “todo mejore”

Y es lógico y no estoy diciendo que no sea así: nadie puede ignorar la macro. Pero hay otra recesión mucho más silenciosa, más difícil de detectar y bastante más destructiva.

A esa la llamo la recesión interna, y es como la hipertensión arterial: no aparece en los indicadores económicos ni tampoco ocupa los titulares de los diarios pero actúa de la misma manera, en silencio y casi siempre empieza mucho antes que la crisis financiera de una empresa.

Empieza cuando una organización deja de hacerse preguntas; cuando ya no aparecen ideas nuevas, cuando se dejan de escuchar los cambios en el mercado; cuando las reuniones sirven únicamente para resolver urgencias y cuando por sobre todas las cosas, la frase más repetida pasa a ser: "Siempre lo hicimos así” o “Ya va a cambiar el Gobierno”.

En ese momento la empresa puede facturar, mantener clientes e incluso mostrar ciertos resultados aceptables. Desde afuera parece que todo funciona de manera normal pero por dentro ya arrancó un periodo de deterioro que es irreversible si no hay un reset profundo.

Hay una imagen que ayuda a entenderlo y es la siguiente: si el Sol dejara de existir de manera instantánea, la Tierra seguiría recibiendo su luz durante ocho minutos y veinte segundos. Durante todo ese tiempo veríamos los rayos del sol y creeríamos que nada cambió, aunque al cabo de ese tiempo llegaría la oscuridad fatal.

Con muchos de nosotros pasa lo mismo: seguimos viendo la luz del trabajo que hemos realizado durante años, de la historia del fundador, del posicionamiento logrado, de la reputación construida, de los clientes fieles y de las decisiones acertadas que tomamos en el pasado. Pero como el motor que generaba esa energía ya dejó de producir, la organización dejó de aprender, dejó de innovar, dejó de formar personas, dejó de cuestionarse, dejó de pelear contra las circunstancias externas, dejó de cuestionarse. Entonces cuando finalmente aparecen los problemas , solemos responsabilizar exclusivamente al contexto económico.

Acá aparece la única diferencia que importa entre una empresa y el Sol. El Sol, si se apaga, no se vuelve a encender, y ya no hay remedio porque tarde o temprano llegará la oscuridad. Pero con una empresa si se puede cambiar la historia y de eso se trata porque mientras la oscuridad es inevitable para el que confunde la luz de ayer con un motor que todavía anda, en la empresa si dejaría de ser inevitable para el que puede volver a encender su propio núcleo.

El problema es que casi siempre nos damos cuenta tarde porque cuando finalmente aparecen los números en rojo, responsabilizamos solamente al contexto, y muchas veces el contexto no crea la crisis: apenas acelera o hace visible un deterioro que llevaba años cocinándose.

Hace un año analizamos seriamente en tomar la gestión o invertir en una institución educativa. Durante un cuatrimestre realizamos un proceso de análisis y auditoría, tiempo en el cual compartimos mejores prácticas, y aconsejamos soluciones a implementar con independencia de nuestro involucramiento futuro. En el proceso detectamos problemas profundos que tenían que ver con la falta de estrategia, gestión, procesos, administración y liderazgo.

Más que dificultades coyunturales, que siempre las hay, vimos una organización que había dejado de prepararse para un contexto que ya había cambiado; y esto lo confirmamos ante la resistencia de los directivos de adoptar mejoras que aconsejamos. Decidimos no avanzar.

La semana pasada esa misma institución anunció el cierre de sus puertas y fue tapa de los principales diarios, aunque como principal razón de cierre fue la baja en la matrícula ocasionada por la baja de natalidad de la sociedad.

No voy a entrar en detalles porque no corresponde y mi referencia solo tiene como objetivo validar este punto. Lo que nosotros encontramos no tenía que ver con la natalidad, aunque claro, es un fenómeno mundial, pero si tenía que ver con la ausencia de un sistema administrativo, con la falta de referencia al costo de cada alumno, con la falta de un equipo que trabaje sobre los recursos humanos a los que se les pagaba tarde, pero se los comprometía a tareas como pintura del colegio. Esto entre muchísimos problemas que identificamos que se resumen a la ausencia de estrategia, e inercia con membrete. Nada de eso sale en un diario, como las pequeñas cosas que nos comen en nuestras empresas día a día, pero que hacen que nuestra realidad arda antes que tomemos la decisión de bajar la persiana.

No puedo afirmar que las causas que vimos hayan sido las únicas que provocaron ese final. Lo que sí puedo decir, después de casi treinta y cinco años emprendiendo y ayudando a emprendedores, es que los problemas estructurales nunca aparecen de un día para el otro. Se construyen despacio, mientras desde afuera todo parece seguir funcionando.

La historia empresarial está llena de organizaciones que sobrevivieron a guerras, cambios políticos, hiperinflaciones y crisis financieras, y también está abarrotada de empresas que desaparecieron en plena época de crecimiento. En ambos casos, la diferencia rara vez estuvo en la economía, sino más bien en la capacidad del liderazgo de adaptarse antes de que fuera demasiado tarde.

Y acá está el núcleo de todo, la frase que quiero que te lleves es la siguiente: la recesión interna empieza el día que una empresa deja de trabajar hacia adentro porque espera todas las respuestas de afuera: "ya va a cambiar el gobierno"; “cuando baje el dólar”, “cuando repunte el consumo", si “defendemos esta protección”, “si renovamos el dumping”. Todas esas medidas o cambios son ciertos y podrían cambiar toda tu realidad, aunque no son menos ciertas que están todas fuera de tu control, y se transforman en una tormenta perfecta para no mirar lo único que si controlas.

Por eso la pregunta más importante para un empresario no debería ser solo cómo viene el mercado, cómo está la macro o dónde estará el dólar en unos meses. La pregunta crítica es otra, y podría ser la siguiente:

¿Mi empresa está atravesando una recesión económica, o está entrando en una recesión interna?

Porque la primera depende de variables que no manejás, pero la segunda depende de tus decisiones diarias.

Y aquí en el fondo hay una buena noticia porque lo que nace de nuestras decisiones como empresarios también se revierte con ellas.

Antes de cerrar, un test rápido para que nos preguntamos con honestidad:

– ¿Cuándo fue la última vez que alguien de tu equipo te hizo cambiar de opinión sobre algo importante? Si no te acordás, quizás dejaste de escuchar hace rato.

– ¿Revisaste algún proceso en los últimos tres meses porque estaba mal, y no porque explotó? Arreglar lo que ya se rompió es vivir en lo urgente, pero revisar lo que todavía funciona es liderazgo.

– ¿Sabés cuánto te cuesta realmente cada cliente, cada producto, cada unidad que vendés? No lo que suponés sino el número real, y como ese número se compone.

– De tus últimas diez reuniones, ¿cuántas fueron para pensar, y no para apagar incendios? Si la respuesta es cero, no estás conduciendo la empresa sino más bien te conducen las urgencias.

– Si mañana entrara un competidor con la mitad de tus costos, ¿sabrías por dónde empezar a responder? Si tu respuesta es "recién ahí me pondría a analizarlo", ya perdiste los años que tenías para prepararte.

– ¿Cuál es la última decisión importante que tomaste mirando hacia adentro, y no esperando una señal de afuera? Ahí está la línea que separa dirigir tu empresa de que la dirija el contexto.

Si te costó responder tres o más, no es un problema de mercado sino más bien la recesión interna ya empezó.

La buena noticia sigue siendo la misma y es que el día que volves a hacerte, dentro de tu propia empresa, la pregunta que habías dejado de hacerte, el núcleo se vuelve a encender.

Y todavía estás dentro de los ocho minutos.

Alex Contreras @grupofounders

Por Alejandro Contreras

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